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El Newtown Florist Club
Faye Bush
Gainesville, Georgia

En la década de 1950, Faye Bush contribuyó con la creación del Newtown Florist Club, un grupo de amas de casa afroamericanas de un vecindario de Gainesville que recaudaba dinero para regalar coronas fúnebres a las familias de su comunidad que habían sufrido una pérdida. Con el transcurso del tiempo, cada vez se necesitaban más recaudaciones y los miembros del club, rosas en mano, se vieron asistiendo a cada vez más funerales. El número de personas que fallecía en el vecindario era sorprendentemente alto y las causas de muerte eran enfermedades sin duda similares. Faye y otros miembros del club comenzaron a sospechar que esas muertes estaban relacionadas a la proximidad de varias fábricas del pueblo.

Hoy, Faye Bush es directora ejecutiva del Newtown Florist Club, una organización que en sus comienzos fue un club que brindaba un servicio social y se transformó en uno de los grupos defensores del medio ambiente más destacados del país. Faye, que sufre de lupus, a menudo lucha contra las corporaciones cuyas fábricas contaminan el aire que ella y otros residentes de Newtown deben respirar y es fuente de inspiración para que otros activistas ambientales realicen acciones similares en sus propias ciudades. Cree que su enfermedad, como también otros trastornos respiratorios que comúnmente se diagnostican en la comunidad, pueden tener su origen en las partículas de polvo y otras sustancias en el aire que emanan las instalaciones industriales que rodean sus hogares (una de ellas está junto a un patio de recreación infantil). “Los residentes llegaron primero”, dijo Faye. “No elegimos vivir junto a estas instalaciones”.

Este sector de bajos ingresos de Gainesville, en su mayoría afroamericano, debe convivir con una planta procesadora de alimento para perros, una gran instalación que trata desechos metálicos y fábricas que producen alimento para pollos, laca para cabello y madera tratada con productos químicos. “Estaciona tu coche por algunas horas”, observa un periodista, “[y] cuando vuelvas quizá lo encuentres envuelto en una mortaja de polvo de grano”. Sin embargo, es llamativo que el lado norte de la ciudad, con sus mansiones de ladrillo emplazadas en los vecindarios residenciales, no se vea afectado por la presencia de contaminantes industriales y Faye cree que su dificultad para atraer la atención de las agencias del gobierno se debe en parte a que este sector en cuestión de Gainesville se pasa por alto con facilidad. Newtown es “la planta baja del pueblo, no es tan importante”, observó un miembro del grupo de jóvenes del club, al mismo tiempo que reconoció que su percepción era un tanto injusta. “Pero cualquier lugar donde vivan personas es importante”.

Siempre fue importante para Faye Bush incluir gente joven en este movimiento ambiental y, durante los últimos siete años, el Newtown Florist Club también patrocinó un Programa Estival de Liderazgo que instruye a las niñas jóvenes sobre la resolución de conflictos, protocolo, justicia ambiental y servicio a la comunidad. Pero quizá la lección más importante que puede enseñarles es la diferencia que una persona (sin importar cuál sea su trasfondo social, económico o cultural) puede marcar en toda una comunidad. Faye le ha dado otro enfoque a la misión del Newtown Florist Club, que comenzó con la simple recaudación de dinero para coronas fúnebres a fin de determinar por qué tantos vecinos se están enfermando y tomar medias para detener estos sucesos. Al presionar a las agencias gubernamentales, hablar con los medios de comunicación e invitar a otros grupos ambientales a Newtown, Faye Bush demostró que no tiene intenciones de ceder y permitir que se trate injustamente a su comunidad.

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