Con las secuelas del genocidio en Ruanda, donde aproximadamente un millón de personas fueron brutalmente asesinadas, Rosamond Carr, una estadounidense que vivía en Ruanda desde el año 1949, abrió un orfanato para cuidar a las víctimas más jóvenes del genocidio.
Después de pasar sólo cuatro meses de vuelta en los Estados Unidos durante el genocidio del año 1994, Roz, de 82 años, regresó a su hogar en Mugongo y lo encontró en ruinas y con cincuenta años de pertenencias robadas o destruidas. En Mugongo, tomó la decisión de volver a construirlo; convirtió un viejo edificio suyo en un orfanato para cuidar a los niños que quedaron huérfanos por el genocidio. Llamó al orfanato “Imbabazi”, que significa “el amor de una madre” en el dialecto de la región.
El orfanato Imbabazi les dio un hogar a 124 niños; la mayoría de ellos perdieron a sus familias completas en el genocidio de 1994. Muchos de los padres de estos niños huérfanos murieron de alguna enfermedad cuando se dirigían al Congo como refugiados. Los niños que habían sido separados de sus padres durante el caos hallaron refugio en Imbabazi. Más adelante, una vez que el país recuperó el orden, los afortunados lograron reunirse con sus padres, hecho que dio lugar a escenas de alto valor emotivo. Todavía hoy, vienen niños de todas las edades de Hutu y Tutti en busca de refugio debido al dolor causado por el genocidio. Los conflictos que todavía continúan en Ruanda hicieron que Roz vuelva a establecer el orfanato varias veces antes de que pueda hacer realidad su deseo de regresar a su preciado hogar en Mugongo. En sus últimos años, trabajó sin cansancio para construir un refugio seguro y permanente en Mugongo para proporcionar amor, cuidado y educación a los huérfanos de la guerra como su mejor esperanza para lograr una nueva Ruanda. Vivió lo suficiente como para lograr su objetivo. Tras haber cumplido su gran tarea y haber finalizado su viaje, Rosamond Carr falleció en paz el 29 de setiembre de 2006 a las 8:30 p.m. en su hogar de Gisenyi, Ruanda. Pero su legado aún sigue vivo. “Sólo puedo suponer que Dios no sintió que estaba preparada para tener niños hasta los 82 años. Después me envió 40, todos juntos”, decía Rosamond Carr en vida.
Imbabazi continúa brindando protección y refugio a sus niños, los huérfanos de Ruanda de todos los orígenes étnicos. El espíritu de compasión y esperanza de Rosamond Carr aún brinda una fuerza viva a los niños de Imbabazi. Por medio de estos niños, su legado resonará ampliamente en la nueva Ruanda que está por venir.
Para ayudar a mantener vivo el legado de Rosamond Carr, puedes enviar donaciones a:
Imbabazi Orphanage
c/o Ann H. Roehrs
546 Gramercy Lane
Downingtown, PA 19335
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